11 abril, 2012
La crisis fiscal, financiera y económica de Grecia no ha sido resuelta en realidad, pero parece que está controlada. Al menos hasta que lleguen las elecciones. Fieles a su lógica, los mercados han volcado ahora su atención sobre las tribulaciones de Portugal y de España. Con esto último, han aumentado las presiones sobre el flamante gobierno de Mariano Rajoy, quien está lidiando como puede con los problemas que le heredó la segunda fase de la ineficaz administración de José Luis Rodríguez.
Al final del año pasado, las estimaciones sobre el crecimiento de la economía española para 2012 coincidían en una variación positiva del orden de 1 por ciento. Hoy día, la cifra consensual es -1.5por ciento. Tal diferencia es particularmente significativa, considerando que el fisco no cumplió con el ajuste prometido de las finanzas públicas y que el Banco Central Europeo aflojó más todavía su política monetaria.
La crisis española tiene muchas causas o, como dicen los analistas serios (!), es “multifactorial” en su origen. (Un poco en broma, se afirma que todo fenómeno complejo tiene una causa sencilla… que por lo común no es la verdadera). Sin embargo, no es difícil destacar entre sus fuentes al desequilibrio fiscal. En efecto, cuando la crisis afloró, España mostraba ya un déficit público de un poco más del 4 por ciento del PIB, que se agravó hasta llegar a 11 por ciento un año después.
Para 2011, el programa de estabilidad contemplaba un saldo negativo de “sólo” 6 por ciento, pero el Fondo Monetario Internacional estima que fue en realidad 8 por ciento. Según el plan de ajuste del nuevo gobierno, el déficit debe reducirse varios puntos porcentuales del PIB durante este año, pero el común de los observadores lo considera optimista en exceso. La gráfica que sigue contrasta la evolución estimada del desequilibrio fiscal de España (barras rojas) y de Alemania (negras), según las cifras del FMI.
Está claro que, a raíz de la crisis, se observó un deterioro fiscal en las dos economías mencionadas toda proporción guardada. Sin embargo, el regreso a algo como la normalidad ha sido más rápido obviamente en Alemania. Como quiera, el PIB alemán creció 3 por ciento en 2011 y aumentará quizá 0.5 por ciento este año. La disciplina presupuestal no está reñida con la recuperación.
El horizonte más largo ofrece una cierta mejoría de las perspectivas para España, suponiendo (cualquier cosa) que la reestructuración del sistema bancario y la reforma laboral se llevan a su culminación. Al parecer, los avances en ambos campos han sido significativos, pero en el primero todavía queda mucho por hacer en cuanto a la recapitalización de las instituciones, la liquidación de las insolventes y la reanudación de los flujos de crédito.
Y en el segundo, dicen los enterados, no se logró la suficiente flexibilidad en las regulaciones para que se traduzca, como se pretende, en un aumento notable de la productividad. Tal percepción coincide con la opinión reciente de la propia OECD, que sugiere una reforma más “ambiciosa” para toda Europa.
Como se sabe, los problemas fiscales no son exclusivos de algunos países del viejo continente. De hecho, constituyen el “nudo gordiano” de la política económica de EU y, entonces, el principal motivo de preocupación sobre la fortaleza y durabilidad de la recuperación en curso. En el territorio de los BRICS, India y Sudáfrica padecen del mismo mal, sobre todo la primera, cuyo desequilibrio ronda el 8 por ciento del PIB.
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El año pasado, Robert Barro, un prestigiado profesor de economía de Harvard, presentó una conferencia en The Institute of Economic Affairs, titulada Crisis de los Gobiernos. Entre sus conclusiones dice, a la letra: “La siguiente crisis será una crisis de la deuda gubernamental… y no es un problema sólo de Estados Unidos…” Barro se refiere no únicamente al endeudamiento explícito, sino también a las enormes obligaciones no fondeadas de los sistemas de pensiones y de salud.
Es difícil estar en desacuerdo, considerando lo sucedido durante los años más recientes.
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