Ciencia, política y ética científica

Por Ramón Pacheco Aguilar.-La ciencia, y no la política, es el vector más significativo del avance de la sociedad. La ciencia, aún sin saberlo, siempre ha estado allí, desde un inicio, desde todos los principios. Llamémosla “Big Bang” o “Evolución”; la política, como invento humano, vino mucho tiempo después.
Vivimos en la mejor etapa, en la etapa más avanzada del desarrollo de la humanidad; solo por ello, ya somos privilegiados. Nunca antes la vida había sido tan cómoda, tan confortable, tan interesante, tan integrada, tan incluyente, tan democrática. La capacidad de dar respuesta a los fenómenos que observamos solo se ve rivalizada por nuestra capacidad de generar nuevas interrogantes a partir de los resultados previos. Este estado de las cosas es el resultado del avance de la ciencia y su concreción en los desarrollos tecnológicos que inundan nuestra cómoda vida cotidiana: el indispensable control remoto, la navegación en el ciberespacio, el democrático teléfono celular, la piel sintética, los GPI’s y los drones, las vacunas Covid y por supuesto las imprescindibles palomitas del micro, etc.
Nuestro confort, que debiera ser de y para todos, esta ineludiblemente atado al desarrollo de la ciencia y sus concreciones tecnológicas como bien lo describe la historia. Aun así, algunos se atreven a criticarla. Pero cierto es que, con todo este avance científico/tecnológico, inexplicables carencias, inequidades e injusticias en la distribución de los beneficios que la ciencia aún persisten para un gran segmento de la población. Esta falla no es imputable a la ciencia misma. Ella no tiene nombre, no tiene apellido; es libre, sin compromisos, generadora de conocimientos e interpretaciones nuevas, pero por si misma no genera ni resuelve problemas. La ciencia como concepto es inmaterial, abstracta; solo se hace concreta con las aplicaciones que le da el hombre/mujer. Y aquí es donde y cuando aparece la política trastocando la pureza de la ciencia.
Por el cómo de su aplicación, se han acuñado conceptos equívocos como el de “ética científica”, el cual rebasa a la ciencia misma como concepto inmaterial. La ética trata de la moral y de las obligaciones del hombre/mujer, por lo que hablar de ética científica es querer colgarle a la ciencia, per se, un “santito” que no le corresponde. La ciencia nos capacita en la búsqueda perenne de la verdad, situándonos como individuos en un plano cosmológico sin principio ni fin. “Solo la verdad nos hará libres”; esta máxima socrática, tan actual pero tan ajena a la vez, es el combustible mismo de la actividad científica y de nuestra calidad de vida.
La sociedad el siglo XXI es sin duda la “mas” informada de todos los tiempos, lo cual no significa necesariamente que sea la “mejor” informada. Las fuentes de información actual cubren todo el inmenso espectro de la certidumbre, con dispersa precisión y pobre exactitud, desde la charlatanería más atroz hasta las nuevas hipótesis, teorías y teoremas. La ligereza de algunas fuentes informativas ha generado en grandes segmentos sociales una cultura “light” en lo referente al manejo de conocimientos científicos. Algunas veces, esta ligereza descalifica la bondad inherente de la ciencia causando desconfianza e incluso temor hacia ella, llegando al grado de cuestionar el eterno e indisoluble lazo del hombre/mujer con la ciencia. Por ejemplo hoy día, el solo hablar de organismos genéticamente modificados o de clonación provoca una respuesta de rechazo social, descalificándolos casi de manera automática. Ciertamente la aplicación de estos avances científicos requiere de un análisis minucioso que nos lleve a comprender con certidumbre cuales son sus alcances, aplicaciones, impactos y beneficios.
A cientos de años del invento de la palanca, la polea, la rueda, el plano inclinado, la medición del tiempo, el lenguaje, la escritura y la poesía, estos inventos y descubrimientos nos siguen llenando de asombro y siguen siendo tan indispensables para nuestra vida como en aquel entonces.
¿Entonces? ¿Cómo debemos comportarnos y responder ante los descubrimientos, avances y propuestas científicas que modifican nuestros esquemas mentales, cultura, paradigmas, tabúes, temores y misterios, llevándonos a calificar a la ciencia como inmoral, amoral o irresponsable?
Les recuerdo que los adjetivos califican al sujeto y que la ciencia carece de este último atributo. La ciencia es la herramienta; el hombre/mujer los artistas. Y como en todo, hay artistas buenos y otros que no lo son (¿la política?).

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