Hablemos de deterioro

Por Ramón Pacheco Aguilar.-Soy Químico en Alimentos por lo que el término “deterioro” lo utilizo ampliamente en el ámbito de mi acción profesional. Un alimento deteriorado es aquel que ha perdido sus características óptimas para el consumo humano, pudiéndonos ocasionar una infección alimentaria, una intoxicación alimentaria o simplemente tener un efecto anímico y causar su rechazo porque perdió sus atributos sensoriales que lo identifican tanto en su sabor, como en su color, en su textura o en su aroma.
La ciencia y la tecnología de alimentos complementadas con disciplinas científicas/tecnológicas aplicadas a los alimentos como la bioquímica, la microbiología, la toxicología y la ingeniería, son las encargadas de evitar o controlar los procesos deteriorativos que invariablemente se sucederán en todos los alimentos a nuestra disposición.
Pero no solo los alimentos se deterioran; se deterioran también los ecosistemas, las relaciones humanas, los sentimientos y los pensamientos, las ideas, el ritmo cardiaco y la salud en general. De igual forma, se deterioran las sociedades y sus gobiernos; se deteriora el individuo, su conducta y sus estados de ánimo sea o no “estoico”. A última hora, se deteriora el Estado y ello es lo peor.
Lo delicado con el deterioro, ya sea conductual, social, político o alimentario, es que eventualmente (si no es que seguramente) conduce a una pérdida irreversible de la propiedad en cuestión y, en algunos casos, ocasiona la muerte de quien sufre sus consecuencias.
En ese tenor, nuestro País sufre un proceso de deterioro continuo y pertinaz desde hace un poco más de tres años con todos los síntomas de ser un deterioro irreversible, recayendo la responsabilidad del mismo en una sola persona, en un solo individuo: el Presidente. Ni tan siquiera de su “movimiento”, solo en él. López perdió la oportunidad, su oportunidad, esa oportunidad histórica deseada por millones de mexicanos que avalaron con su voto a un personaje que mostraba desde esos entonces evidentes síntomas de un incipiente deterioro conductual.
En este punto, debo ser claro y reiterativo en que yo no voté por él ni por nada que huela a su movimiento. Convencido estoy, además, de que nunca lo haré. Mi desconfianza hacia los mercaderes y mercenarios de la política es total. Pero no solo hacia Morena sino también hacia los partidos tradicionales cuyo desempeño en el poder, cuando lo tuvieron, fue la causa primaria del súbito encumbramiento López-Morena. Ahora, como lo dijera Alfredo, la suerte ha sido echada.
Sus últimas actuaciones en la tribuna mayor con sus característicos desplantes burdos, grotescos, vulgares, pedestres, rústicos y amenazantes, son muestra fehaciente de que está llevando al País al “point of no return” parafraseando la canción del grupo Kansas.
La destrucción del Estado y sus Instituciones, y de las organizaciones de la sociedad civil ha dejado de ser una tímida hipótesis para convertirse en una axiomática verdad. López comienza a perder la batalla, lo sabe bien. Sin embargo me pregunto, como seguramente lo hacen muchos conciudadanos, ¿no será un riesgo calculado como muchos de sus movimientos de los cuales deriva su dialéctica estrategia de la confrontación y encono social que nos lo quiere vender como una lucha de clases?
Ello lo mantiene como un Presidente aún muy popular entre los votantes de reducida preparación política, pero con todas las carencias del bienestar en su vida cotidiana. Estemos pues preparados, pues todo puede pasar, todo puede ocurrir en el proceso de deterioro. No olvidemos que es un agitador siniestro, nunca un agitador de izquierda.

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