Hermosillo, de recuerdos y nostalgias

Por Ramón Pacheco Aguilar.-Parto de la premisa verdadera, tal vez, pero solo tal vez, de que a todos nos gusta la ciudad donde vivimos. Ojalá que así fuese para poder considerar que estamos todos los que somos, ¿o será al revés?
Me considero un sentimental sin remedio pues recuerdo, sin problema alguno, fechas cardinales en el transcurso de mi vida. Dentro de todas ellas, una que considero un punto de inflexión, relevante y extremadamente significativa en mi devenir, es mi llegada a Hermosillo.
Entonces me gusta recordar, por ello recuerdo con nostalgia aquella, ahora lejana, noche del 11 de diciembre de 1973 cuando con emoción me introduje a esta ciudad, que si bien conocía desde niño nunca le presté del todo la atención que merecía no obstante la insistencia de mi Señor Padre, un orgulloso sahuaripense; sin duda, el más orgulloso de todos. Hermosillo me recibió con sus brazos abiertos, me cautivo, me enamoro, decidida estaba ella que tenía que quedarme aquí con ella y para ella, por siempre y para siempre. Lo admito, fue un amor a primera vista (como lo menciona aquella bella canción “Strangers in the night”). La indiferencia previa se convirtió en un idilio temprano aquella noche; sin embargo, y desde entonces, nos juramos la lealtad y fidelidad de dos enamorados. Desde entonces, felices hemos sido. Con mis 19 años de entonces, he llenado mis alforjas con otros 48 colmados de vivencias muchas y gratos recuerdos que conforman una vida agradecida.
La apacible Hermosillo era diametralmente diferente a la Cd. de México donde, en la UNAM, inicié mi carrera universitaria. Por salud anímica renuncie a ella para arroparme en lo que ahora considero mi ciudad, no obstante ser un empedernido mexicalense. Mi casa inicial aquí, con la Familia López Muñoz, hizo la diferencia. Desde entonces, todo fue bueno, como debía ser.
Llegó enero del 74 y me inicio como Búho en mi Alma Mater Universidad de Sonora, en el cuarto semestre de la carrera de Químico Biólogo. Y fue el cuarto porque en la UNAM curse mis primeros tres, los cuales fueron “cuasi” completamente revalidados, derivado de la paciencia e inteligencia del gran Maestro Rubén Garcilaso, quien semestres después se convirtió en mi maestro querido, mi amigo, mi mentor, uno de mis guías académicos.
Esta revalidación me colocó disperso tomando materias con compañeros/as del segundo, cuarto y sexto semestre, asunto muy interesante pues derivado de ello conocí a muchos/as nuevos compañeros, lo que me permitió, en menos de un año, ser Consejero Universitario por mi escuela, lo fui por dos años, en aquel turbulento periodo 74-76 donde imperaba aún la represión universitaria “castellanista” y nacía, a la vez, el sindicalismo universitario independiente. En aquellos años, los ecos del 68 y del 71 aún se sentían en nuestro campus. Urgía la participación estudiantil en los espacios universitarios de representación estudiantil y así empezamos primero con nuestro Comité de Lucha para luego lograr la representación en el Consejo Académico de Ciencias Químicas y así llegar al Consejo Universitario iniciando el 75.
Fue en este ambiente político-estudiantil que conocí a mis grandes amigos y compañeros, Pedro, Marco y Ramón Rafael. Como olvidar nuestras extensas pláticas tocando todos los temas posibles que nuestro espíritu iconoclasta, romántico y filosófico nos exigía abordar.
Cuando hablar del futuro de nuestro país, de política y economía (como si fuésemos letrados) eran temas obligados. Siempre deseando que nuestras utopías se convirtieran en una entelequia donde todo fuésemos justos y felices. Las noches de los fines de semana, derivado de nuestra magra situación económica, tomábamos por asalto las escalinatas del Museo-Biblioteca para ver pasar a Hermosillo. Ir a “La Mancha” era ocasional.
Es en este ambiente que llegó Julieta en julio de 1975; con ella, nuestras extensas caminatas por el Blvd Rodríguez, que tanto preocupaban a mis amigos por la potencial insolación de Julieta, mía o de ambos. Cosa que, afortunadamente, nunca sucedió. Julieta, llegó para quedarse.
“Alguien” me corrigió una vez diciéndome que uno era de donde vivía. Siendo ello correcto, entonces soy hermosillense (sé que tendré el regaño obligado de mis cuatro hermanas). Aceptando como válida tal aseveración, considero que cada hermosillense tiene su propia historia de identidad que habría que repasar para reforzar ese acercamiento de dos, que siempre es el mejor. Hermosillo nos necesita y quisiera ofrecernos todo. Se que no le ha sido posible aún, por razone obvias; pero, ¿somos recíprocos? ¿Al menos lo intentamos? Escribamos con nuestra Ciudad su nueva historia. Hurgando el baúl de los recuerdos, con todos sus recuerdos y nostalgias. podemos hacerlo.

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