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La biblioteca

Infancia de agua, tierra y sol

Por Manuel Valenzuela Valenzuela
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"No es concebible una familia, una aldea y mil formas de micro sociedad sin deslizamientos hacia el recuerdo”. Luis González y González.

 Acabo de terminar de leer el libro que publicó recientemente el maestro y amigo Jorge Luis Ibarra Mendívil titulado “Infancia de agua, tierra y sol: la vida en Etchojoa a mediados del siglo XX” y lo primero que se me vino a la mente fue la visión de la historia como la suma de múltiples microhistorias del gran historiador michoacano don Luis González y González. Así veo el libro de Jorge Luis, como un sólido ladrillo en el gran edificio de la historia de Etchojoa y de Sonora. 

El libro, como el mismo autor lo describe, “(…) es un recorrido por la vida económica, social y cultural de mi pueblo durante las décadas de los cincuenta y sesenta (del siglo pasado).” Y muy en el estilo sensible y cercano a la gente de don Luis González y González dice “Al escribir este texto sentí la dulce emoción del regreso a casa, del regreso al principio, a las pequeñas y grandes alegrías, de sentir la vida sin premuras, de recorrer los ritmos de aquel tiempo, de recuperar las palabras, los rostros, los olores, los sabores, las luces y las sombras de entonces (…)”.

El libro tiene la frescura de la visión y vivencias de un niño inteligente e inquieto, pero también la agudeza analítica de un científico social; del sociólogo, del economista, del historiador, incluso del antropólogo que miran hacia atrás y describen al pueblo donde le tocó nacer y vivir su infancia y su adolescencia, pero enriquecida con su amplia formación y experiencia que da la vida.

Aunque el autor nos previene desde el inicio de que el texto no tiene una pretensión académica rigurosa, en realidad tiene detrás una amplia investigación además de la privilegiada memoria.

Está plagado de elementos de la historia de Etchojoa y los etchojoenses, de la base económica del pueblo, de las formas de convivencia y organización social, de los valores que se transmitían en las familias y en la escuela, de los juegos con los que los niños ocupaban su tiempo libre, lo mismo que de la forma en que se formó la identidad cultural propia de su población con la simbiosis de las culturas originarias del pueblo Mayo y de las aportaciones de las diferentes corrientes migratorias que le dieron origen.

El texto, de 400 páginas, está estructurado en diez capítulos. En los primeros ocho desarrolla el relato principal y en los dos restantes una amplia sección de notas complementarias sobre personajes, familias, edificios representativos, así como eventos y situaciones, lo mismo que una descripción de las familias que vivieron en su barrio, El Crucero.  

Nos habla de los orígenes del pueblo, de las corrientes migratorias que lo formaron sobre la base de los asentamientos mayos con cuyos habitantes se asimilaron los migrantes para construir la identidad propia de los etchojoenses.

Pero también nos habla de la base económica siempre ligada a la agricultura que fue, y sigue siendo, la tendencia productiva dominante del municipio; del impacto decisivo que tuvo la modernización de la agricultura del sur de Sonora y en particular de la presa del Mocúzari y la red de canales de irrigación.

  Quizá lo que más predomina en el texto es la visión de sociólogo del autor. Nos habla de las características de la sociedad de Etchojoa, de las familias, de sus formas y lugares de convivencia, de los roles del hombre y de la mujer en esos tiempos, de la religiosidad del pueblo y de la cultura ligada siempre la herencia del pueblo Mayo y de la herencia española, pero también de otras corrientes migrantes. 

Esto último expresado en buena medida en las fiestas y celebraciones de lo que llama los ciclos del tiempo circular: el Día de Muertos, la navidad y el año nuevo, el carnaval, etcétera. Sin dejar de lado la visita de personajes pintorescos y extraños como “los húngaros”, los “faquires”, las carpas y los circos, entre otros.

Les comento que, como somos de la misma generación, en sus descripciones de muchas situaciones me transporté a la infancia feliz que yo tuve en mi pueblo natal, Tesopaco, municipio de Rosario, situado no tan lejos de Etchojoa también en el sur de Sonora, pero más hacia la sierra, por los mismos tiempos. 

Claro, con la diferencia de que nosotros no tuvimos presa ni canales de riego que tan importante papel jugaron para Etchojoa no sólo en su base económica sino también en las diversiones de los niños. 

Por mi parte, les digo que he disfrutado plenamente la lectura del libro de Jorge Ibarra por lo que recomiendo ampliamente su lectura. Les adelanto que se van a sentir ustedes mismos historiadores de su pueblo, de su ciudad o de su colonia y, auxiliados por su memoria, puedan construir otro ladrillo de la microhistoria de que nos habló don Luis González y González. 

Después de todo, como nos recuerda Jorge, es cierto lo que decía el premio Nobel de literatura, José Saramago “los seres humanos vivimos en algún lugar, pero habitamos en la memoria”. 

 mvalenzu55@yahoo.com.mx


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