La Reforma que vendrá

Por Ramón Pacheco Aguilar.-Realmente, nunca me ha gustado el término “reforma”, prefiero el término “revolución”. Mientras una reforma es un arreglo parcial, tibio, meridiano, negociado, una revolución es una transformación total, completa, absoluta, maniquea, sin medias tintas; desafortunadamente, es un término en desuso pues las últimas, políticamente hablando, no han resultado del todo bien sin que ello se atribuya a la doctrina sino más bien a los individuos. Pero mejor dejemos este ámbito de comparación para cuando sea necesario utilizarlo.
Vivimos en un mundo inmerso en reformas, unas malas, regulares, arbitrarias, impuestas, obtusas, sin consenso; otras, buenas, adecuadas, pertinentes, acertadas, oportunas y necesarias. ¿Entonces, cuándo optar por una reforma? ¿Entonces, cuándo estamos seguros que una reforma es necesaria? Reformar procedimientos y leyes es de lo más común; sin embargo, una reforma requiere un marco de referencia, un punto de comparación, un balance, un inventario, un análisis de las condiciones previas que induzcan la necesidad de ella. Una reforma debe estar justificada al cien por ciento de lo contrario pudiese parecer solo un capricho, un ejercicio de fuerza e intransigencia del poderoso en turno, una imposición.
Próximamente nuestra Alma Mater, Universidad de Sonora, estará sujeta a un intento desaseado y exógeno por reformar su ley orgánica, la Ley 4. Pero la necesidad de esta reforma debiere ser “endógena”, sentida y valorada por toda la comunidad universitaria y no ser un capricho de agentes externos, de políticos, congresistas y gobernantes ajenos, o de omisos exalumnos al lema universitario que han dado la espalda a la historia, esa que bien conocen.
Si se quiere reformar la Ley 4 se debe conocer y repasar la historia de lo que fue la vida universitaria bajo su ley precedente, la Ley 103. No hay duda de que la Ley 4 fue una imposición conocida como la Ley Beltrones; pero no hay duda también, de que en aquel entonces la reforma era procedente ante el abandono medieval que vivía la UNISON. ¿Podemos decir lo mismo de la amenaza de reforma que se cierne actualmente sobre la universidad bautizada preliminarmente en algunos círculos como Ley Durazo?
Las bondades de la Ley 4 han sido evidentes en todos los ámbitos de la vida universitaria. Del oscurantismo que privaba a fines de los ochenta y principios de los noventa bajo la 103, la UNISON pasó a posicionarse como la número uno en el noroeste, la 14 a nivel nacional y con presencia internacional bajo la 4. Luego entonces, pretender reformar la actual ley debe ser un reto y responsabilidad mayúscula, y no el resultado de un ejercicio populista trasnochado.
Pero bueno, ¿cuál es la propuesta de reforma? ¿Realmente existe? ¿La conoce la comunidad universitaria? ¿Se ha socializado internamente? ¿Tenemos un análisis comparativo a la mano? ¿Cuál sería la métrica en el tiempo de los impactos esperados en caso de suceder? Nadie lo sabe. Por ello huele a madruguete, pretendiendo como antaño tener en la universidad un bastión, un trampolín político
Sepámoslo bien, una reforma, también, es cosa seria. Ahora, si el gobierno del Estado pretende meter sus manos en la Universidad de Sonora imponiendo una nueva ley, mejor que lo haga pero aumentándole su presupuesto. Que así sea.

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