Menos travesuras con instituciones fuertes

Por Javier Villegas Orpinela.-Los gobiernos de todos los niveles harán solamente lo que deberán hacer en sus respetivas administraciones, si las instituciones les mantienen las manos debidamente amarradas.
Los contrapesos son indispensables para que los mandatarios no se quieran “pasar de la raya” y atropellen -destruyan- las estructuras construidas por sus antecesores.
La separación de poderes también debe jugar su propio juego, para así propiciar un ejercicio del poder lo más competitivo posible.
En México el modelo político es el de una república representativa, democrática, federal y laica que se apoya en la Carta Magna de la Constitución.
Luego entonces, la soberanía y el poder público son origen y correspondencia del pueblo y es el que decide ejercerlo a través de un esquema de separación de poderes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.
El primero de los poderes se personaliza en el Presidente de la República, el segundo en el Congreso de la Unión (Cámara de Diputados y Cámara de Senadores), y el tercero en la Suprema Corte de Justicia de la Nación (conformada por distintas instituciones).
La representatividad del poder público se deposita principalmente en un sistema multipartidista, donde los organismos políticos son el principal ente de la participación ciudadana.
Los partidos son regulados por instituciones electorales autónomas como el INE, el Tribunal Electoral y la Fiscalía Electoral.
Además, los organos autónomos de contrapeso son: la Fiscalía General de la República, la CNDH, la Auditoría Superior, Banxico, el Inegi, la Cofece, el IFT y el INAI.
Pues bien, resulta que este amplio andamiaje lo sacude con inusitada frecuencia y gran ánimo el actual Gobierno de la 4T que encabeza el Presidente Andrés Manuel López Obrador.
Y el resultado es una creciente incertidumbre, porque la llamada Cuarta Transformación argumenta que el “cochamboroso estado de cosas”, es producto de los gobiernos conservadores, neoliberales (y otros calificativos), que lo precedieron desde el de 1982 hasta el 2018.
Así que bajo el lema de enterrar a todos los malos y los males del pasado, López Obrador bombardea a cuanta institución y dependencia le resulte incomoda.
Por lo mismo, México va de reversa, sin embargo, el Gobierno y sus seguidores matienen el discurso de que el País está siendo exorcisado de los demonios priistas, panistas y perredistas. En conecuencia, sus seguidores aplauden eufóricos.
Empero, los costos generados por un Gobierno que se siente iluminado, son espectaculares y persisten al alza. Recuérdese que la primer gran travesura fue la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) y la más reciente, el no actuar cuando se debe contra el crimen organizado. Sobre esto último, el Gobierno federal pudo haber capturado a uno de los hijos del Chapo Guzmán el 17 de octubre del 2019, pero no lo hizo y 26 meses después se repite el suceso, pero con el cobro de vidas y un pánico ciudadano que, en todo caso, debió haberse presentado en un solo acto.
Las pifias y las ocurrencias del Gobierno lopezobradoristas son numerosas y todo lo ha podido hacer porque tuerce con relativa facilidad cuanta cosa desee.
Urge entonces, fortalecer la institucionalidad para acotar a todo mandatario travieso y asegurar la confianza hacía México.

jvillegas@correorevista.com
Twitter: @JvillegasJavier

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