Divergencias
Barcelona: entre la foto y la estrategia
"En realidad, representa un punto de inflexión en la política exterior mexicana"

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La gira de la Presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona no fue un viaje más en la agenda presidencial. En realidad, representa un punto de inflexión en la política exterior mexicana: un intento deliberado de corregir el tono, reconstruir relaciones y reposicionar al país en un mundo cada vez más fragmentado.
Pero como ocurre con casi toda decisión estratégica, el balance no es blanco o negro.
Por un lado, el simbolismo es potente. El encuentro con Pedro Sánchez marca el cierre —al menos parcial— de una etapa de fricciones diplomáticas que, más allá de lo anecdótico, había enfriado una relación históricamente relevante. España no es cualquier socio: es uno de los principales inversionistas en México y una puerta natural hacia Europa. Restablecer ese canal no solo es lógico, es necesario.
En ese sentido, la gira apunta en la dirección correcta. México no puede darse el lujo de aislarse en un momento en el que las cadenas de suministro se están redibujando y la competencia por inversión es feroz. La relación con Europa —y en particular con España— puede convertirse en un contrapeso útil frente a la dependencia estructural de Estados Unidos. No se trata de sustituir, sino de diversificar.
Sin embargo, la verdadera apuesta del viaje no estuvo en la diplomacia tradicional, sino en el terreno tecnológico. La visita al Barcelona Supercomputing Center no es un gesto menor: es una señal de hacia dónde quiere moverse el país. En un mundo donde los datos, la inteligencia artificial y el poder de cómputo son equivalentes al petróleo del siglo XX, México llega tarde, pero no necesariamente fuera de tiempo.
La pregunta clave es si esta cooperación se traducirá en capacidades propias o en una nueva forma de dependencia. Porque hay una diferencia fundamental entre colaborar y subordinarse tecnológicamente. Si México solo se integra como usuario de infraestructura europea, el beneficio será limitado.
Si logra desarrollar talento, capacidades y propiedad intelectual, entonces sí estaremos hablando de un cambio estructural.
Ahí está uno de los principales riesgos de la gira: el desfase entre narrativa y ejecución. Los acuerdos tecnológicos suelen ser de largo plazo, complejos y, muchas veces, opacos para la opinión pública. No generan empleos inmediatos ni resultados visibles en el corto plazo. En un país con presiones sociales urgentes, eso puede traducirse en escepticismo o desgaste político.
A esto se suma otro elemento delicado: la carga ideológica del entorno en el que se dio la visita. La participación en espacios compartidos con líderes como Luiz Inácio Lula da Silva refuerza la percepción de una alineación dentro de un bloque progresista global. Esto, en sí mismo, no es problemático. Lo que sí puede serlo es que la política exterior mexicana sea leída más en clave ideológica que pragmática.
México necesita margen de maniobra, no etiquetas. En un entorno internacional cada vez más polarizado, la capacidad de dialogar con todos los bloques —sin quedar encasillado— es una ventaja estratégica. Perder esa flexibilidad sería un error, más ahora que estamos en vía de una renegociación de un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canada y de gran trascendencia para México.
También hay que reconocer el cambio de estilo. La gira envía un mensaje claro: México busca ser un actor confiable, predecible y dispuesto a cooperar. Es un giro respecto a una diplomacia más confrontativa del pasado reciente. Este ajuste no es menor. En política internacional, las formas importan tanto como el fondo.
Pero el verdadero juicio sobre esta gira no se dará en Barcelona, ni en los discursos, ni en las fotografías. Se dará en México.
Se medirá en inversión que sí llegue, en proyectos tecnológicos que sí se concreten, en talento que sí se forme y se quede en el país. Se medirá en resultados.
Porque al final, la política exterior no se evalúa por su elegancia, sino por su impacto.
La visita de Sheinbaum a Barcelona tiene el potencial de ser un punto de partida hacia una estrategia más moderna, más abierta y ambiciosa. Pero también corre el riesgo de quedarse en lo que tantas veces ha sido la diplomacia mexicana: correcta en el discurso, limitada en la ejecución.
Y por ultimo, dicho encuentro se dio en el marco de una cumbre entre lideres denominada “En defensa de la democracia”, si analizamos fríamente los movimientos políticos que se han dado en los últimos tiempos en México, relacionados con la desaparición de organismos autónomos, el poder judicial y legislativo, el Instituto Nacional Electoral, los ataques a la prensa critica y opositores al gobierno, etc., no son otra cosa que señales que nos alejan cada vez más de una verdadera democracia.
Entre la foto y la estrategia hay una distancia considerable. México está, una vez más, en ese punto intermedio.
*.- Vicepresidente nacional de enlace legislativo y zona norte Canirac, expresidente de Canacintra, ex consejero del Consejo Nacional Agropecuario.

Sigue a Manuel Lira Valenzuela