Divergencias
Emprender en México: ¿un incentivo a la informalidad?
"La informalidad no es un fenómeno marginal de nuestra economía."

Publicado el
México necesita empresarios. Necesita pequeñas empresas, nuevos negocios, empleos formales y personas dispuestas a arriesgar su patrimonio para convertir una idea en una fuente de ingresos. Sin embargo, existe una contradicción que cada vez resulta más difícil ignorar: mientras el país necesita impulsar el emprendimiento, abrir y mantener un negocio formal puede convertirse en una carrera de obstáculos.
La informalidad no es un fenómeno marginal de nuestra economía. En el primer trimestre de 2026, la tasa de informalidad laboral fue de 54.8%. Es decir, más de la mitad de las personas ocupadas en México se encontraban en alguna modalidad de informalidad.
No se trata solamente del comercio ambulante. Detrás de esas cifras hay personas que venden comida, tienen una pequeña tienda, ofrecen servicios profesionales, trabajan por su cuenta o intentan sobrevivir con un pequeño negocio familiar.
Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿cuántas de esas personas decidieron conscientemente permanecer en la informalidad y cuántas llegaron a ella porque formalizarse resultaba demasiado complicado o costoso?
El problema comienza muchas veces desde el nacimiento del negocio. El emprendedor necesita un local, permisos municipales, uso de suelo, licencia de funcionamiento, protección civil, obligaciones fiscales, seguridad social si contrata trabajadores y, dependiendo de la actividad, una larga lista de requisitos adicionales.
Cada obligación puede tener una justificación individual. El problema aparece cuando todas se acumulan sobre un pequeño empresario que apenas está intentando sobrevivir los primeros meses.
Para una empresa grande, contratar abogados, contadores y especialistas que se encarguen de los trámites representa un costo administrativo más. Para un pequeño negocio puede significar la diferencia entre abrir o no abrir.
Los datos sobre la supervivencia de las empresas también deberían preocuparnos. Entre mayo de 2019 y mayo de 2023 nacieron 1.7 millones de establecimientos mipymes, pero desaparecieron 1.4 millones.
Naturalmente, no todas esas desapariciones pueden atribuirse a la burocracia. Existen problemas de mercado, falta de financiamiento, baja productividad, inseguridad, competencia y decisiones empresariales equivocadas. Pero tampoco podemos ignorar que iniciar y mantener una empresa formal implica costos y obligaciones que pesan proporcionalmente mucho más sobre los pequeños negocios.
El resultado es una paradoja.
El Estado necesita recaudar más, generar empleos formales y ampliar la base de contribuyentes. Pero cuando los costos económicos y administrativos de entrar a la formalidad son demasiado elevados, puede terminar ocurriendo exactamente lo contrario: menos empresas formales y más personas trabajando por su cuenta al margen de ella.
Sonora tampoco está al margen de esta realidad. En el primer trimestre de 2026, la tasa de informalidad laboral 2 en el estado se ubicó en 40.2%.
Por eso, combatir la informalidad no debería consistir únicamente en perseguir al informal. Una política eficaz tendría que preguntarse primero por qué una persona que quiere emprender considera que es más conveniente permanecer fuera del sistema que incorporarse a él.
La respuesta debería llevarnos a una política de simplificación.
Un pequeño negocio no debería enfrentar prácticamente la misma lógica burocrática que una empresa de grandes dimensiones. Podrían existir esquemas graduales: menos trámites para comenzar, obligaciones proporcionales al tamaño del negocio, facilidades reales para contratar al primer trabajador y una coordinación efectiva entre Federación, estados y municipios.
México ya ha intentado avanzar en esa dirección. Durante años se han creado programas de mejora regulatoria y ventanillas únicas precisamente con el propósito de reducir tiempos y facilitar la apertura de empresas. Pero el desafío continúa: simplificar no significa digitalizar la burocracia; significa eliminarla cuando ya no es necesaria.
Y es que detrás de cada pequeño negocio que no abre hay una oportunidad de empleo que no se genera. Y detrás de cada empresario que decide permanecer informal puede existir no un evasor, sino alguien que hizo cuentas y concluyó que formalizarse no le resulta viable.
Porque México necesita más emprendedores y necesita que emprender sea más sencillo.
Si queremos reducir la informalidad, quizá la pregunta correcta no sea únicamente cómo obligar a más personas a pagar impuestos, sino qué podemos hacer para que esas personas quieran entrar voluntariamente a la formalidad.
Porque un país que facilita la creación de empresas amplía su base productiva.
Uno que dificulta su nacimiento, tarde o temprano, termina ampliando la informalidad.

Sigue a Manuel Lira Valenzuela