El lado bueno de

La Copa Mundial 2026 y las Malvinas

"El eventual campeonato de Argentina no pasará pronto de ser un dato más en la fría estadística deportiva"

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Del triunfo de la escuadra albiceleste sobre la oncena de la Gran Bretaña cabe rescatar dos hechos: una vez más fue Messi quien dictó la pauta con un pase genial en los minutos finales para romper el empate a uno; y que esta victoria se erige como la antípoda de la amarga derrota de 1982 en la Guerra de las Malvinas, sellada entonces por la fría determinación de una dama que supo descifrar el signo de su tiempo: Margaret Thatcher.

El eventual campeonato de Argentina no pasará pronto de ser un dato más en la fría estadística deportiva que registra triunfos y derrotas, goles, alineaciones, directores técnicos y estadios repletos. Se sumará, acaso, al inventario de registros inverosímiles donde a menudo se manipula la atención pública; un fenómeno del que México no está exento con el caso de la irrupción del "Pato Merlín" y el astuto manejo mediático de su presencia en la más alta tribuna de la comunicación oficial matutina.

Muy lejos del balón, las porterías y los públicos frenéticos, la Guerra de las Malvinas mantiene su jerarquía junto a los grandes acontecimientos que detonaron cambios profundos en la geografía de poderes e ideologías a escala global. Aquel conflicto bélico, breve, pero de hondo impacto histórico, se originó en una disputa de soberanía que se remonta a 1833, año en que el Reino Unido ocupó las islas y expulsó a las autoridades argentinas. 

Desde entonces Argentina había encauzado su reclamo por la vía pacífica, el detonante en 1982 terminó siendo de orden político e interno. La Junta Militar, liderada por el general Leopoldo Galtieri, se enfrentaba a un descontento social masivo y a una grave crisis económica; el régimen vio en la recuperación de las Malvinas una causa nacional capaz de unificar al pueblo y devolverle legitimidad. 

Coincidentemente, al otro lado del Atlántico, el gobierno de la primera ministra Margaret Thatcher también lidiaba con momentos de baja popularidad y severas tensiones financieras.

Bajo estos escenarios, el 2 de abril de 1982 la Junta Militar ordenó el desembarco de tropas en las islas logrando la rendición de la pequeña guarnición de marines británicos sin causar bajas, esperando con ello forzar una negociación favorable. 

Sin embargo, el cálculo falló: Gran Bretaña respondió militarmente y Estados Unidos abandonó la neutralidad para respaldar a su aliado de la OTAN. Thatcher reaccionó con firmeza y despachó de inmediato una enorme fuerza naval para recuperar el archipiélago.

A partir de ese momento, el conflicto se libró en tres frentes: el naval, el aéreo y el terrestre. A finales de mayo, tras duros combates, las tropas británicas desembarcaron en San Carlos y avanzaron hacia la capital. En los cerros aledaños se libraron cruentas batallas terrestres bajo condiciones extremas de frío y viento. Allí, la mayoría de los soldados de las fuerzas del sur (jóvenes reclutas del servicio militar obligatorio) combatieron con innegable valor, pero sufrieron las inclemencias climáticas, en logística, abrigo y alimentación frente a fuerzas profesionales y tecnológicamente superiores. Tras estos enfrentamientos, el mando militar argentino, Mario Benjamín Menéndez, firmó la rendición total el 14 de junio de 1982.

Bajo la presidencia de José López Portillo, México manejó un delicado ejercicio de equilibrio diplomático frente a un dilema de principios: por un lado, el rechazo histórico al colonialismo y una profunda solidaridad latinoamericana con el reclamo de soberanía; por el otro, la política exterior apegada a la Doctrina Estrada y a la Carta de la ONU rechazaba el uso de la fuerza armada para dirimir disputas territoriales. Mientras la diplomacia mexicana mantenía ésta calculada neutralidad en los foros internacionales, en las calles, la prensa y la opinión pública mexicana latía una palpable simpatía por el pueblo argentino. 

Dos jefes de Estado con problemas en casa, dos conceptos de gobierno y un conflicto que permanecía inmóvil en los archivos, fueron suficientes para que uno de ellos (militarmente el más poderoso) reaccionara para apuntarse un triunfo indiscutible, detonando el inicio de un cambio hacia la democracia y el llamado “neoliberalismo”.

Queda tela de donde cortar…

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Hector Vazquez

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